En un cajón esperó silencioso todos estos días. La llamó sin decir ni una palabra, y cuando ella estalló, lo fue a buscar. No le interesa que lo utilicen, para eso él está. La acarició, cerca de 9 veces en el antebrazo derecho. Ella dejó de llorar. Preparó aquél te de rosas que tanto le gusta, y al doblar el brazo, sintió el ardor. Con el resto de las lágrimas que cubrían su cara, lo curó. Las esparció de extremo a extremo, suavemente, como cuando de chica, tu madre te cura una raspadura con desinfectante y te dice que todo va a pasar.
Fue la primera vez en su vida que quiso enmendarse una herida que ella misma se hizo.
3 de noviembre de 2013
Cerrás los ojos y sentís tirantes las ojeras pero te acostumbraste tanto que no te molesta. Tenés los ojos achinados, rojos. Los volvés a cerrar, los abrís, pero arden tanto que ya no los querés volver a abrir. Ni siquiera sabés por qué llorás. Tu respiración te araña, te corta al medio, te mata de a ratos.
Y si no sé levantarme es porque me acostumbré tanto a la mugre, a la tierra, tanto a la antigua como la nueva; es más cómodo así. Prefiero verme en un retrato en blanco. Prefiero un mundo sin espejos. Prefiero no tener cuerpo, no ocupar espacio donde se acumule la herrumbre del pensar tanto, del querer tan poco, del aspirar a mucho y rendirse y tener mucho más y no apreciarlo. No hay peor tortura.
it's like a mental jungle. you will get lost, get lost, get lost.
anneke van giersbergen
Y si no sé levantarme es porque me acostumbré tanto a la mugre, a la tierra, tanto a la antigua como la nueva; es más cómodo así. Prefiero verme en un retrato en blanco. Prefiero un mundo sin espejos. Prefiero no tener cuerpo, no ocupar espacio donde se acumule la herrumbre del pensar tanto, del querer tan poco, del aspirar a mucho y rendirse y tener mucho más y no apreciarlo. No hay peor tortura.
it's like a mental jungle. you will get lost, get lost, get lost.
anneke van giersbergen
3 de julio de 2013
Mil despedidas y ropa arrugada.
'Son muchas despedidas en tan poco tiempo' pensé mientras me ponía esos jeans viejos y aquélla remera roja y harto arrugada. Siempre odié aquéllos colectivos y trenes que se llevaban a las personas que más quiero y supe querer.
Siempre era lo mismo; el madrugar, el ir a aquél edificio donde me desenroscaba la cabeza y permitía que metan pensamientos ajenos e indiscutibles, y volver, y pensar. Son las cosas que pienso los cuadrados de una rayuela, piezas que no encajan en un rompecabezas infinito y roído por la humedad que no encajaban nunca ninguna con otra. Esta última despedida me terminó de desarmar. Llegué a mi casa, siempre vistiendo ropas arrugadas, no quierendo arreglarlas ni plancharlas porque están en el olvido, como lo estoy yo, e hice de mis ojos un mar de recuerdos y tristezas. Peco de ahogarme en un vaso de agua, pero repito, son muchas despedidas en tan poco tiempo, y demasiada ropa arrugada.
Aquéllas proyecciones de salir del edificio a ver a esa ahora figura borrosa hasta me parecen graciosas, inocentes... Llenaron mi cabeza desde el momento en que empecé a empacar y me llenaron cuando subíamos todas, TODAS las cosas a la camioneta. Toda yo me iba, me iba de ahí para empezar acá a hacer realidad lo que tanto anhelé; y hoy, hay tierra, tierra y brea nada más. Y alguna que otra canción que se escucha en mi cabeza como un eco, ya casi inaudible.
El verano, el sol que no calentaba lo exterior, sino lo intangible, es aquéllo que me mantenía lisa, seca; no pudo borrar las rayuelas ni deshumedecer el rompecabezas, pero al menos me convidó personas que jugaron conmigo, que trataron de rearmar junto a mí lo imposible.
Dije chau a muchas cosas, y hola a muy pocas. Siempre vestida y toda arrugada, aún cuando estoy sin ropa alguna que me tape. Me arrugaron todas esas despedidas. Me arrugó el no saber decir chau. Me arrugué yo misma dejando inconclusas muchas cosas, muchos besos y abrazos que se ahogaron. Los ahogamos.
Es cuestión de saber amar el gris, esperando el azul y buscando el amarillo para tener y aferrar el verde, en tanto y en cuánto no te lastime y se torne en rojo. Si tan sólo pudiera decir, mínimamente balbucear lo que cantó Piaf...
Siempre era lo mismo; el madrugar, el ir a aquél edificio donde me desenroscaba la cabeza y permitía que metan pensamientos ajenos e indiscutibles, y volver, y pensar. Son las cosas que pienso los cuadrados de una rayuela, piezas que no encajan en un rompecabezas infinito y roído por la humedad que no encajaban nunca ninguna con otra. Esta última despedida me terminó de desarmar. Llegué a mi casa, siempre vistiendo ropas arrugadas, no quierendo arreglarlas ni plancharlas porque están en el olvido, como lo estoy yo, e hice de mis ojos un mar de recuerdos y tristezas. Peco de ahogarme en un vaso de agua, pero repito, son muchas despedidas en tan poco tiempo, y demasiada ropa arrugada.
Aquéllas proyecciones de salir del edificio a ver a esa ahora figura borrosa hasta me parecen graciosas, inocentes... Llenaron mi cabeza desde el momento en que empecé a empacar y me llenaron cuando subíamos todas, TODAS las cosas a la camioneta. Toda yo me iba, me iba de ahí para empezar acá a hacer realidad lo que tanto anhelé; y hoy, hay tierra, tierra y brea nada más. Y alguna que otra canción que se escucha en mi cabeza como un eco, ya casi inaudible.
El verano, el sol que no calentaba lo exterior, sino lo intangible, es aquéllo que me mantenía lisa, seca; no pudo borrar las rayuelas ni deshumedecer el rompecabezas, pero al menos me convidó personas que jugaron conmigo, que trataron de rearmar junto a mí lo imposible.
Dije chau a muchas cosas, y hola a muy pocas. Siempre vestida y toda arrugada, aún cuando estoy sin ropa alguna que me tape. Me arrugaron todas esas despedidas. Me arrugó el no saber decir chau. Me arrugué yo misma dejando inconclusas muchas cosas, muchos besos y abrazos que se ahogaron. Los ahogamos.
Es cuestión de saber amar el gris, esperando el azul y buscando el amarillo para tener y aferrar el verde, en tanto y en cuánto no te lastime y se torne en rojo. Si tan sólo pudiera decir, mínimamente balbucear lo que cantó Piaf...
2 de junio de 2013
Pedacito
Hay que exprimir y hacer germinar ese pedacito de esperanza que quedaba. Lo salvé a tiempo, cuando creí que todo ya estaba por hacerse simple polvo gris, aburrido y eterno. Qué lindo es saber que hay cosas nuevas, que no hay un piloto automático ni en mi ni en mi sombra.
22 de mayo de 2013
Tres
No recuerdo a qué hora, ni creo que sea necesario que se recuerde pero sí, fue hoy el día en que no me gritaste desde la pieza que te cebara mate, o que la llame a la abuela para decirle tal o cuál cosa. Fue hoy hace tres años cuando dejé de escuchar esos ronquidos que ensordecía hasta al más sordo, de oler esa perfumina que tenían todas y cada una de tus corbatas, las que apilabas con tanto esmero y dedicación. Hoy dejé de escuchar esos pasos firmes y decididos, pausados, que subían la escalera y abrían la puerta, trayéndome algún chocolate, revista de interés, libro o chuchería que venían con un abrazo, de esos que querés que duren varias vidas. Estoy algo errada si te digo que te me fuiste; siempre fui algo extraña con respecto a los demás, y esto es lo que me hace serlo aún más: no te fuiste nunca. No voy a mentir diciendo que no te lloro, no voy a decir que no me pongo triste no pudiendo abrazarte ni tocarte más, pero sé que mientras yo te recuerde, loco, malhumorado y tano como eras, como sos, vas a seguir estando, y más que nada ayudándome en todo lo que te pida, como siempre lo hiciste. Siempre tuviste una frase en aquéllos momentos de crisis que jamás voy a olvidarme,
''Tus abuelos van a estar para vos incondicionalmente''.
Sé que es así, porque cuando me prometiste las cosas, las cumpliste con ese sentido férreo del deber y del querer que tanto te caracterizó en vida y es por eso que las pocas cosas que no te dije cara a cara, te las digo ahora, sin hablar: te extraño, pero sé que todavía estás donde no te puedo ver, pero vivís en todos los recuerdos y memorias de todo el mundo y en especial, los que guardo bien adentro del cofre del alma.
4 de mayo de 2013
Y la verdad, sin la verdad, no van a llegar muy lejos.
Porque ellos no pueden volar, no conocen el viento.
Y el que está arriba irá abajo y no va a quedar
Ni uno suelto...
Porque ellos no pueden volar, no conocen el viento.
Y el que está arriba irá abajo y no va a quedar
Ni uno suelto...
Esto peca de simple descarga emocional. Últimamente en idas y vueltas (más de las que solía tener) he tenido más tiempo de reflexionar sobre lo hermoso de la simplicidad del pasto de tu ciudad, de sus ruidos, sus olores, sus voces. Eso, sus voces. Es lo que más añoro. Mates a la hora del crepúsculo en una desvencijada silla de madera, a menudo con la mirada en ese cielo que no está tan negro todavía. No hay ruidos de colectivos, no hay gente apurada, no hay gritos de exasperación ni peleas por llegar tarde. Es todo tranquilo, reina la paz. Reina lo verde, lo luminoso, aún cuando el día muere. Extraño las distancias cortas, extraño la música que sale de las puertas abiertas de las casas que no sirven de refugio en una ciudad en la que se mata por un par de zapatillas. Aquél que se anime a criticar esta paz, ese campo, no hace más que dejar al descubierto sus ansias de escapar de esa ubre que chupa y acapara todo el tiempo posible, dejándote sólo el margen necesario para dormir, respirando el hollín de hace doscientos años de ajetreos y penas.
Te extraño Dolores.
Te extraño Dolores.
8 de abril de 2013
Te canto que es casi milagroso que la lágrima negra haya mutado en eso de curvar la boca y mostrar los dientes, achinándose los ojos y ensanchándose los orificios nasales. Les debo la exitosa metamorfosis a mis grandes cirujas de la vida que hoy me hicieron sonreír cuando parecía que todo estaba oscuro y confuso.
2 de abril de 2013
1 de abril de 2013
Crónica del día de las memorias.
No puedo dejar de sentirme en un capítulo de Los Simpson en los que alguno encuentra alguna caja o algún objeto en especial y se empieza a desarrollar un recuerdo lejano, en carne viva. Es curioso cómo apenas bajo a la entrada de la Ruta 2 a Dolores se proyectan, desordenados, varios, algunos nítidos, otros no, recuerdos, capítulos que cerré en mi vida o que por ahora no están resueltos.
Confieso que algunos vienen a mi causándome un nudo en la garganta y lágrimas. Otros sonrisas. Otros arrepentimiento. Debería preguntarme a mí misma, ¿te acordás de aquéllos paseos en bicicleta desde mi casa a la casa de una amiga que vivía lejos? éramos todas unas aventureras al pasarnos del límite de la manzana o del barrio. No voy a referirme a la infancia como ese período de la vida ideal por no tener 'problemas de amor' ni otros que son producto de las responsabilidades que asumimos casi involuntariamente a medida que crecemos. Eso sería injusto, ya que cuando tuve la oportunidad de querer y ser querida, la pasé bien y eso no significó un problema. Sí se convierte en tal cuando, en un mar de incertidumbre y tristeza, te tenés que preguntar ¿vale la pena si quiera derramar una lágrima? También vienen a colación interrogantes mucho más íntimos, actuales y no tanto. Lo que más da impotencia es tanta pregunta y tan poca respuesta. Creo que es esa la razón máxima de toda lágrima que se pueda llegar a llorar.
Recuerdos. Son algo bello, algo didáctico; son moralejas. Recuerdo cuando, más entrada en edad, mi mejor amiga y yo, fumamos. ¡Qué grandes nos sentimos! El paso del tiempo movió muchas cosas. El que haya dejado un hábito que reforzó una amistad que alguna vez existió te lleva a recordar muchas cosas que el inexorable paso del tiempo corrompió, lavó o modificó.
El uso de la memoria se me hace un arma de doble filo cuando recuerdo cosas que en su momento me hicieron tocar el cielo de la felicidad. No digo que eso no sea manejable, al menos no por el momento.
Aquélla vez que esperé sentada la llegada de mi hermano, cuando en La Plata me senté en una escalera esperando a alguien, cuando le abrí las puertas de mi casa a otro alguien, cuando vi bajar de un tren a una persona que en este momento quiero y extraño mucho. Son cosas simples, y eso simplemente es lo que las hace maravillosas.
Pero acá va otro de mis eternos interrogantes, ¿fue totalmente necesario que esos recuerdos hayan quedado estancados, es decir, que aquéllas personas con las que comparto esas memorias hayan dejado de hacer posible hacer nuevos recuerdos? No es una cosa que supere muy fácilmente la partida de alguien. Me quiebra hasta la médula el sólo hecho de pensar en el 'qué hubiera pasado sí...' o directamente pensar que pude haber sido yo la que da todo para hacer feliz al otro, sin importar nada. Sólo reside en el otro la respuesta al enigma de 'por qué yo no'.
Las memorias son un mero pedazo de un pergamino viejo, maltratado, tachado y correjido que se entretejen de llantos, risotadas, abrazos rotos y despedidas sin decir, pero al fin y al cabo, son las que me ayudan a seguir escribiendo mi historia, mala o no, en borrador.
Confieso que algunos vienen a mi causándome un nudo en la garganta y lágrimas. Otros sonrisas. Otros arrepentimiento. Debería preguntarme a mí misma, ¿te acordás de aquéllos paseos en bicicleta desde mi casa a la casa de una amiga que vivía lejos? éramos todas unas aventureras al pasarnos del límite de la manzana o del barrio. No voy a referirme a la infancia como ese período de la vida ideal por no tener 'problemas de amor' ni otros que son producto de las responsabilidades que asumimos casi involuntariamente a medida que crecemos. Eso sería injusto, ya que cuando tuve la oportunidad de querer y ser querida, la pasé bien y eso no significó un problema. Sí se convierte en tal cuando, en un mar de incertidumbre y tristeza, te tenés que preguntar ¿vale la pena si quiera derramar una lágrima? También vienen a colación interrogantes mucho más íntimos, actuales y no tanto. Lo que más da impotencia es tanta pregunta y tan poca respuesta. Creo que es esa la razón máxima de toda lágrima que se pueda llegar a llorar.
Recuerdos. Son algo bello, algo didáctico; son moralejas. Recuerdo cuando, más entrada en edad, mi mejor amiga y yo, fumamos. ¡Qué grandes nos sentimos! El paso del tiempo movió muchas cosas. El que haya dejado un hábito que reforzó una amistad que alguna vez existió te lleva a recordar muchas cosas que el inexorable paso del tiempo corrompió, lavó o modificó.
El uso de la memoria se me hace un arma de doble filo cuando recuerdo cosas que en su momento me hicieron tocar el cielo de la felicidad. No digo que eso no sea manejable, al menos no por el momento.
Aquélla vez que esperé sentada la llegada de mi hermano, cuando en La Plata me senté en una escalera esperando a alguien, cuando le abrí las puertas de mi casa a otro alguien, cuando vi bajar de un tren a una persona que en este momento quiero y extraño mucho. Son cosas simples, y eso simplemente es lo que las hace maravillosas.
Pero acá va otro de mis eternos interrogantes, ¿fue totalmente necesario que esos recuerdos hayan quedado estancados, es decir, que aquéllas personas con las que comparto esas memorias hayan dejado de hacer posible hacer nuevos recuerdos? No es una cosa que supere muy fácilmente la partida de alguien. Me quiebra hasta la médula el sólo hecho de pensar en el 'qué hubiera pasado sí...' o directamente pensar que pude haber sido yo la que da todo para hacer feliz al otro, sin importar nada. Sólo reside en el otro la respuesta al enigma de 'por qué yo no'.
Las memorias son un mero pedazo de un pergamino viejo, maltratado, tachado y correjido que se entretejen de llantos, risotadas, abrazos rotos y despedidas sin decir, pero al fin y al cabo, son las que me ayudan a seguir escribiendo mi historia, mala o no, en borrador.
8 de febrero de 2013
6 de febrero de 2013
Ojos verdes y una vela.
Él estaba apoyado en el barril de cerveza que estaba junto a la puerta
del bodegón de mi tío la primera vez que lo vi. Simplemente me quedaba
mirándolo, sin decir nada. Quién sabe si con curiosidad o qué, pero admito que
de a intervalos noté que me estaba ensimismando demasiado y cesé de observarlo.
Era raro, apenas había notado su presencia en la reunión de los meses
anteriores y justo ayer, precisamente ayer, aquéllos ojos verdes posaron apenas
medio segundo la mirada en mí al mismo tiempo que yo miraba distraída a un
punto indefinido que resultó ser su cara. Y desde ese momento, no pude dejar de
mirarlo. Irradiaba un aura misteriosa, indescifrable, casi fugaz, de quién no
sabe dónde estará mañana o el día que le sigue. Creo que lo que más me llamó la
atención era su manera de hablar. Modulada, clara y... y creo que atractiva.
Sigo sin saberlo.
Los días pasaron y las cosas se
pusieron más turbias. En la radio no se escuchaban sino pésimas noticias, y el
único rumor esperanzador era que los Aliados le declararan la guerra al país
invasor. Nosotros por suerte no pasábamos hambre por el momento, pero sí cierta
incomodidad porque cada vez el bodegón era más un hospedaje para protestantes
forajidos y recluidos por El Régimen y lugar de reuniones clandestinas en vez
de servirnos como lugar de trabajo y vivienda. Los revestimientos en madera
recubrían la mitad del espacio, mientras que la otra mitad del salón era de
piedras de fines del siglo XVIII, todas erosionadas por el paso del tiempo. Las
tablas estaban todas pinchadas con clavos que sujetaban carteles 'rojos y de
mala suerte' como solía decir la babcia. Era la única que no mostraba ese
espíritu combativo y de ansias de libertad que tenía toda la familia y constantemente alegaba que era un milagro que
todavía no hayan detectado 'aquél maldito germen' con la ciudad tan infestada
de arios. Nos rogaba que nos mantuviéramos al margen, y desobedecerla nos trajo
muchas desgracias, pero de haber sido así, no lo hubiera conocido.
Estábamos solos; papá había ido a solucionar un nuevo (y eterno)
percance con el almacenero y las demás mujeres de la casa habían ido a la feria
a ver caballos de tiro. Estábamos en silencio, esperando que llegasen los demás
miembros del equipo. No era un silencio incómodo, es más, creo que disfruté
tanto esos silencios que cuando empezamos a hablar, los extrañé. Él estaba
sumido en sus pensamientos y yo hacía como que doblaba unas prendas de trabajo
de padre hasta que habló:
- Hace un bonito día, ¿no?
- Sí.
Me ruboricé tanto que temí que mi cara se fusionara con el sweater rojo
que me había tejido la babcia. Luego de lo que parecieron ser horas, se escuchó
un fuerte griterío que venía del molino. Eran voces airadas y no muy amistosas.
Ambos nos levantamos y fuimos a ver. Un señor de botas negras muy altas gritaba
a papá y lo señalaba con el dedo, como acusándolo de algo. Mi padre, un hombre
recio que jamás demostró ni un ápice de sentimientos ni pensamientos mediante
los gestos, le mantuvo la mirada todo el rato y sereno, le contestaba que no,
sacudía la cabeza de derecha a izquierda y se encogía de hombros. Luego de 15
minutos, el hombre de las botas se dio por vencido y le dijo una cosa que
pareció asustar a padre. No volvimos a hablar de ese asunto hasta que el día
llegó.
Casi pisábamos diciembre y
dentro de dos días se cumplirían tres meses del asunto. La babcia me contó que
cuando madre llegó a donde el frío cuerpo de papá, se limitó a quedarse quieta,
tomar en brazos su tronco y balancearse de un lado a otro, como si ella misma
hiciera de silla mecedora y lo estuviera acunando. No hubo entierro. A los 5
minutos vinieron los hombres en botas a amenazarnos, a revisar todo y a quemar
el cadáver. Por suerte, habíamos sido avisados que vendrían aquél día a
corroborar si éramos o no 'colorados', e hicimos tiempo a descartar y hacer
desaparecer todo indicio de tales acusaciones. Padre tuvo una muerte serena;
estaba recostado sobre una banca de madera cuando los de botas le desgarraron
la garganta. La babcia dice que su muerte fue una especie de escarmiento con
respecto a nuestra endiablada ideología.
El día de la misa en su honor él estaba allí, junto a las puertas de
salida. Siempre con ese aire de incertidumbre. Yo lo buscaba con la mirada pero
él, impasible, no hacía más que golpetear una antigua canción de guerra contra
las columnas de ébano.
Esa noche tuve un sueño muy raro. Junto al desagüe de tía Gertrud yo me
sentaba, y desde allí veía, en el reflejo del agua, una serie de imágenes sin
conexión alguna. Absurdas. Hasta qué él me llamó. Sí, con esa voz serena. La
voz venía del establo. Pidió que cerrara la puerta, y fue allí donde vi a la
luz de la vela que él mismo sostenía, esos ojos verdes que me penetraron como
una bala del más frío acero.
No hizo más que acariciarme la cara cuando sentí un golpe seco en la
entrepierna. No vi nada, estaba oscuro. Sólo sentí cómo un hombre de un
asqueroso hedor en la boca me despojaba de mi virginidad. Yo no me moví. Temía
lastimarme más de lo que ya estaba. De repente, como si todo eso hubiera sido
un trance, alguien encendió una vela. Otra vez esos ojos verdes, aquéllos ojos
que por un instante me parecieron de salvación. Estaba apoyado en el mismo
barril de cerveza como aquél día que nos conocimos. Se llevó un dedo a los
labios, como pidiéndome silencio, sacó una navaja, y mató a mi violador. Lo
último que sentí es cómo la sangre tibia brotaba de mi garganta. En mi último
hálito, oí cómo el chico tiraba al piso al violador, y se me tiraba encima, ya
desnudo, mientras me acariciaba el cabello que pasó de rubio a rojo fénix.
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