Aquél joven silencioso y de ojos apagados, vestido un día de negro decidió hacer una de sus pasiones: subirse a un tren, y viajar. ¿Acaso no había cometido muchos errores en su tierra ya? Era hora de marchar. No había máscara que pudiera comprar para ocultarse. Se salvó de que su propia consciencia lo encarcelara durmiendo días y noches en casas diferentes, edificios en ruinas, con apenas comida para alimentar una cansada y arrepentida mente. Sin gloria y a escondidas, desde la clandestinidad, escribía en los muros "...solo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías ni anteojos, ni ascensores".Un día con más lluvia que otros días, se enteró que ella había subido al Tren de la Muerte, y que hasta ahora no había vuelto. Desde entonces siguió viajando por su tierra en andrajos, vagando de estación en estación, esperando su regreso, para decirle que no se arrepentía de lo que le había dicho: "las piedras grices nos reconocieron, los gritos del viento en la sombra. Pero fue el fuego, nuestro único amigo, con el que apretamos el dulce amor de invierno a cuatro brazos, que dos debían ser míos, no de otro más.
Te hubiera amado más."
20 de mayo de 2011
9 de mayo de 2011
Dicen del vestido carmín...
Dicen del color de aquellas rosas que visten de carmín no es vano, un sinsentido. Hubo un tiempo en que las almas podían existir sin ninguna barrera, eternamente puras. Podían reposar en una cascada, sentir correr el agua, ceñirse sobre una montaña. Saber que todo era parte de ellas. Vivir.
Un día, dos almas decidieron comenzar un juego, del que algunos dicen es malo abusar, y decidieron contenerse en dos cuerpos. Querían jugar y sentirlo en carne viva, tenerlo dentro suyo. A esas encarnizadas maneras con las que jugaban, ellas les dieron el solo nombre de pasión. Jugaban, se retorcían, enfermaban, agonizaban, volvían a jugar. Pero luego de un tiempo, sus cuerpos empezaron a fallar: estaban conociendo al fin la erosión de la edad. Un día, una de ellas vió que la otra no despertaba. Asumió que había partido, pero la otra, dada su condición, no podía seguirla donde quiera que haya ido. Necesitaba librarse de aquel cuerpo que se transformó en una cárcel. Un día, bien decidida y planeando su escape, decidió librarse de su voluntario encierro y salir en búsqueda de su compañera. Con cada golpe vio que de cada herida emanó un líquido escurridizo, rojo como el alba, que fue a parar a una bella criatura alvina con pétalos y cuerpo verde. Dicen que cuando no quedaban retazos de vida, la criatura se tiñó de carmín al instante. Nadie supo jamás si esas dos almas pudieron encontrarse de nuevo, pero de ese juego sí se sabe que fue el que los obligó a hacer cosas desesperadas, a olvidar su yo en la carne extraña.
Espantoso juego del amor, en el cual es preciso que uno de
ambos jugadores pierda el gobierno de sí mismo.
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