Pensar. Recordar.
Cuánto se nos va en hacer esas cosas...
Un recodo en Rue Lafayette, de esos tantos que la realidad que vive allí no aprecia. Tal es el caso que tiene explicación: es realidad cotidiana, ¿a quién le podría importar la esquina por la que pasa sistemáticamente todas las mañanas siguiendo la rutina de su sistemática vida?
Yo estaba cantando con el viento, cuando de repente sentí un extraño llamado. Alguien que me llamaba sin llamar. Recordé un fulgor filosamente plateado.
Ante el impulso, eché a correr por una París envuelta en soledad y luz lunática, sin rastros de gente. Todos se habían ido, ya sea de una forma u otra.
Me adentré en un callejón y ví una figura gimiente, que ni arrastrarse le era posible. Me acerqué, como quien tiene cautela, y lo ví.
Rostro pálido, demacrado por La Guerra, maltratado por el hambre, destrozado por el dolor...
Me miró aterrado, como si lo fuese a comer.
-N...Nnnn...No -dijo, desplomándose en el helado cemento, con ojos desenfocados. Esa fue su última mirada. Ya era otro ente frío en ese solsticio crudo, maldito. Otro alma perdida en la nieve. Dentro de su muerta mano había un papel. Traté de sacarlo, con cuidado para no razgarlo y miré su contenido:
D40W3113
D40W3113. ¿Qué significado tenía esa suerte de garabato? No sabía. Tal vez una subliminalidad... Un simple intento de pedir ayuda de un analfabeto... No lo sé todavía.
La cruda guerra me convirtió en una guerrera involuntaria. Una guerrera en contra de la muerte injusta que arrastra jóvenes.
Esa misma noche llevé el cuerpo de Pierre a la morgue. Quizás ese pobre angelito podría salvarle la vida a un malherido el día de mañana... O podría ser de utilidad.
Sabroso era que el salón estuviese en penumbras. ¡No! ¡NO! Ya la oscuridad y los escombros se adueñaron de toda nuestra bella casa, yo no debía sucumbir.
Prendí una vela y revisé al pequeño difunto. Creo que lo que primero me subió las palpitaciones fue lo siguiente: verlo con tajadas monstruosas en todo el tórax. Tenía grabado a cuchillazos D40W3113.
Recordar... Un destello plateado con lluvia roja.
Luego sentí un golpe como el de una bofetada y es lo último que recuerdo.
Ahora estoy en un café, en Rue Madelaine, en una París sin rastros de guerra. Nunca supe si eso fue un sueño o qué. Lo único que se es que los mozos tienen delantal blanco y siempre me dan pastillas. Saben bastante diferente a los terrones de azúcar que les pido siempre...
¿Y cuando aquella noche pedí sal? Pierre hubiese tenido un gusto más deleitante...