No puedo dejar de sentirme en un capítulo de Los Simpson en los que alguno encuentra alguna caja o algún objeto en especial y se empieza a desarrollar un recuerdo lejano, en carne viva. Es curioso cómo apenas bajo a la entrada de la Ruta 2 a Dolores se proyectan, desordenados, varios, algunos nítidos, otros no, recuerdos, capítulos que cerré en mi vida o que por ahora no están resueltos.
Confieso que algunos vienen a mi causándome un nudo en la garganta y lágrimas. Otros sonrisas. Otros arrepentimiento. Debería preguntarme a mí misma, ¿te acordás de aquéllos paseos en bicicleta desde mi casa a la casa de una amiga que vivía lejos? éramos todas unas aventureras al pasarnos del límite de la manzana o del barrio. No voy a referirme a la infancia como ese período de la vida ideal por no tener 'problemas de amor' ni otros que son producto de las responsabilidades que asumimos casi involuntariamente a medida que crecemos. Eso sería injusto, ya que cuando tuve la oportunidad de querer y ser querida, la pasé bien y eso no significó un problema. Sí se convierte en tal cuando, en un mar de incertidumbre y tristeza, te tenés que preguntar ¿vale la pena si quiera derramar una lágrima? También vienen a colación interrogantes mucho más íntimos, actuales y no tanto. Lo que más da impotencia es tanta pregunta y tan poca respuesta. Creo que es esa la razón máxima de toda lágrima que se pueda llegar a llorar.
Recuerdos. Son algo bello, algo didáctico; son moralejas. Recuerdo cuando, más entrada en edad, mi mejor amiga y yo, fumamos. ¡Qué grandes nos sentimos! El paso del tiempo movió muchas cosas. El que haya dejado un hábito que reforzó una amistad que alguna vez existió te lleva a recordar muchas cosas que el inexorable paso del tiempo corrompió, lavó o modificó.
El uso de la memoria se me hace un arma de doble filo cuando recuerdo cosas que en su momento me hicieron tocar el cielo de la felicidad. No digo que eso no sea manejable, al menos no por el momento.
Aquélla vez que esperé sentada la llegada de mi hermano, cuando en La Plata me senté en una escalera esperando a alguien, cuando le abrí las puertas de mi casa a otro alguien, cuando vi bajar de un tren a una persona que en este momento quiero y extraño mucho. Son cosas simples, y eso simplemente es lo que las hace maravillosas.
Pero acá va otro de mis eternos interrogantes, ¿fue totalmente necesario que esos recuerdos hayan quedado estancados, es decir, que aquéllas personas con las que comparto esas memorias hayan dejado de hacer posible hacer nuevos recuerdos? No es una cosa que supere muy fácilmente la partida de alguien. Me quiebra hasta la médula el sólo hecho de pensar en el 'qué hubiera pasado sí...' o directamente pensar que pude haber sido yo la que da todo para hacer feliz al otro, sin importar nada. Sólo reside en el otro la respuesta al enigma de 'por qué yo no'.
Las memorias son un mero pedazo de un pergamino viejo, maltratado, tachado y correjido que se entretejen de llantos, risotadas, abrazos rotos y despedidas sin decir, pero al fin y al cabo, son las que me ayudan a seguir escribiendo mi historia, mala o no, en borrador.