4 de mayo de 2013

Esto peca de simple descarga emocional. Últimamente en idas y vueltas (más de las que solía tener) he tenido más tiempo de reflexionar sobre lo hermoso de la simplicidad del pasto de tu ciudad, de sus ruidos, sus olores, sus voces. Eso, sus voces. Es lo que más añoro. Mates a la hora del crepúsculo en una desvencijada silla de madera, a menudo con la mirada en ese cielo que no está tan negro todavía. No hay ruidos de colectivos, no hay gente apurada, no hay gritos de exasperación ni peleas por llegar tarde. Es todo tranquilo, reina la paz. Reina lo verde, lo luminoso, aún cuando el día muere. Extraño las distancias cortas, extraño la música que sale de las puertas abiertas de las casas que no sirven de refugio en una ciudad en la que se mata por un par de zapatillas. Aquél que se anime a criticar esta paz, ese campo, no hace más que dejar al descubierto sus ansias de escapar de esa ubre que chupa y acapara todo el tiempo posible, dejándote sólo el margen necesario para dormir, respirando el hollín de hace doscientos años de ajetreos y penas. 

Te extraño Dolores.