22 de mayo de 2013

Tres

Son tres años, hoy.






 No recuerdo a qué hora, ni creo que sea necesario que se recuerde pero sí, fue hoy el día en que no me gritaste desde la pieza que te cebara mate, o que la llame a la abuela para decirle tal o cuál cosa. Fue hoy hace tres años cuando dejé de escuchar esos ronquidos que ensordecía hasta al más sordo, de oler esa perfumina que tenían todas y cada una de tus corbatas, las que apilabas con tanto esmero y dedicación. Hoy dejé de escuchar esos pasos firmes y decididos, pausados, que subían la escalera y abrían la puerta, trayéndome algún chocolate, revista de interés, libro o chuchería que venían con un abrazo, de esos que querés que duren varias vidas. Estoy algo errada si te digo que te me fuiste; siempre fui algo extraña con respecto a los demás, y esto es lo que me hace serlo aún más: no te fuiste nunca. No voy a mentir diciendo que no te lloro, no voy a decir que no me pongo triste no pudiendo abrazarte ni tocarte más, pero sé que mientras yo te recuerde, loco, malhumorado y tano como eras, como sos, vas a seguir estando, y más que nada ayudándome en todo lo que te pida, como siempre lo hiciste. Siempre tuviste una frase en aquéllos momentos de crisis que jamás voy a olvidarme,

''Tus abuelos van a estar para vos incondicionalmente''.

Sé que es así, porque cuando me prometiste las cosas, las cumpliste con ese sentido férreo del deber y del querer que tanto te caracterizó en vida y es por eso que las pocas cosas que no te dije cara a cara, te las digo ahora, sin hablar: te extraño, pero sé que todavía estás donde no te puedo ver, pero vivís en todos los recuerdos y memorias de todo el mundo y en especial, los que guardo bien adentro del cofre del alma.


4 de mayo de 2013

Y la verdad, sin la verdad, no van a llegar muy lejos.

Porque ellos no pueden volar, no conocen el viento.
Y el que está arriba irá abajo y no va a quedar

Ni uno suelto...
Esto peca de simple descarga emocional. Últimamente en idas y vueltas (más de las que solía tener) he tenido más tiempo de reflexionar sobre lo hermoso de la simplicidad del pasto de tu ciudad, de sus ruidos, sus olores, sus voces. Eso, sus voces. Es lo que más añoro. Mates a la hora del crepúsculo en una desvencijada silla de madera, a menudo con la mirada en ese cielo que no está tan negro todavía. No hay ruidos de colectivos, no hay gente apurada, no hay gritos de exasperación ni peleas por llegar tarde. Es todo tranquilo, reina la paz. Reina lo verde, lo luminoso, aún cuando el día muere. Extraño las distancias cortas, extraño la música que sale de las puertas abiertas de las casas que no sirven de refugio en una ciudad en la que se mata por un par de zapatillas. Aquél que se anime a criticar esta paz, ese campo, no hace más que dejar al descubierto sus ansias de escapar de esa ubre que chupa y acapara todo el tiempo posible, dejándote sólo el margen necesario para dormir, respirando el hollín de hace doscientos años de ajetreos y penas. 

Te extraño Dolores.