Asunto netamente pasional es que la rosa se entregue frágilmente al otoño
cuando a viva conciencia sabe que éste, por la espalda, la va a desnudar,
corromper y herir de muerte. Él nada aguanta que sus ojos transformen su hermoso
color en sepia, entonces con desquite y hasta el cansancio, barre los retazos
de vestiduras de su voluntaria víctima, para que luego con agonía y culpa, viaje y sea
reemplazado por otro crudo y frío asesino.