3 de julio de 2013

Mil despedidas y ropa arrugada.

'Son muchas despedidas en tan poco tiempo' pensé mientras me ponía esos jeans viejos y aquélla remera roja y harto arrugada. Siempre odié aquéllos colectivos y trenes que se llevaban a las personas que más quiero y supe querer.
Siempre era lo mismo; el madrugar, el ir a aquél edificio donde me desenroscaba la cabeza y permitía que metan pensamientos ajenos e indiscutibles, y volver, y pensar. Son las cosas que pienso los cuadrados de una rayuela, piezas que no encajan en un rompecabezas infinito y roído por la humedad que no encajaban nunca ninguna con otra. Esta última despedida me terminó de desarmar. Llegué a mi casa, siempre vistiendo ropas arrugadas, no quierendo arreglarlas ni plancharlas porque están en el olvido, como lo estoy yo, e hice de mis ojos un mar de recuerdos y tristezas. Peco de ahogarme en un vaso de agua, pero repito, son muchas despedidas en tan poco tiempo, y demasiada ropa arrugada.
Aquéllas proyecciones de salir del edificio a ver a esa ahora figura borrosa hasta me parecen graciosas, inocentes... Llenaron mi cabeza desde el momento en que empecé a empacar y me llenaron cuando subíamos todas, TODAS las cosas a la camioneta. Toda yo me iba, me iba de ahí para empezar acá a hacer realidad lo que tanto anhelé; y hoy, hay tierra, tierra y brea nada más. Y alguna que otra canción que se escucha en mi cabeza como un eco, ya casi inaudible.
El verano, el sol que no calentaba lo exterior, sino lo intangible, es aquéllo que me mantenía lisa, seca; no pudo borrar las rayuelas ni deshumedecer el rompecabezas, pero al menos me convidó personas que jugaron conmigo, que trataron de rearmar junto a mí lo imposible.
Dije chau a muchas cosas, y hola a muy pocas. Siempre vestida y toda arrugada, aún cuando estoy sin ropa alguna que me tape. Me arrugaron todas esas despedidas. Me arrugó el no saber decir chau. Me arrugué yo misma dejando inconclusas muchas cosas, muchos besos y abrazos que se ahogaron. Los ahogamos.
Es cuestión de saber amar el gris, esperando el azul y buscando el amarillo para tener y aferrar el verde, en tanto y en cuánto no te lastime y se torne en rojo. Si tan sólo pudiera decir, mínimamente balbucear lo que cantó Piaf...