8 de febrero de 2013


me quiero quedar mirando el mar, ese mar que no te pide nada, más que una simple mirada .

6 de febrero de 2013

Ojos verdes y una vela.


Él estaba apoyado en el barril de cerveza que estaba junto a la puerta del bodegón de mi tío la primera vez que lo vi. Simplemente me quedaba mirándolo, sin decir nada. Quién sabe si con curiosidad o qué, pero admito que de a intervalos noté que me estaba ensimismando demasiado y cesé de observarlo. Era raro, apenas había notado su presencia en la reunión de los meses anteriores y justo ayer, precisamente ayer, aquéllos ojos verdes posaron apenas medio segundo la mirada en mí al mismo tiempo que yo miraba distraída a un punto indefinido que resultó ser su cara. Y desde ese momento, no pude dejar de mirarlo. Irradiaba un aura misteriosa, indescifrable, casi fugaz, de quién no sabe dónde estará mañana o el día que le sigue. Creo que lo que más me llamó la atención era su manera de hablar. Modulada, clara y... y creo que atractiva. Sigo sin saberlo.
  Los días pasaron y las cosas se pusieron más turbias. En la radio no se escuchaban sino pésimas noticias, y el único rumor esperanzador era que los Aliados le declararan la guerra al país invasor. Nosotros por suerte no pasábamos hambre por el momento, pero sí cierta incomodidad porque cada vez el bodegón era más un hospedaje para protestantes forajidos y recluidos por El Régimen y lugar de reuniones clandestinas en vez de servirnos como lugar de trabajo y vivienda. Los revestimientos en madera recubrían la mitad del espacio, mientras que la otra mitad del salón era de piedras de fines del siglo XVIII, todas erosionadas por el paso del tiempo. Las tablas estaban todas pinchadas con clavos que sujetaban carteles 'rojos y de mala suerte' como solía decir la babcia. Era la única que no mostraba ese espíritu combativo y de ansias de libertad que tenía toda la familia y  constantemente alegaba que era un milagro que todavía no hayan detectado 'aquél maldito germen' con la ciudad tan infestada de arios. Nos rogaba que nos mantuviéramos al margen, y desobedecerla nos trajo muchas desgracias, pero de haber sido así, no lo hubiera conocido.
Estábamos solos; papá había ido a solucionar un nuevo (y eterno) percance con el almacenero y las demás mujeres de la casa habían ido a la feria a ver caballos de tiro. Estábamos en silencio, esperando que llegasen los demás miembros del equipo. No era un silencio incómodo, es más, creo que disfruté tanto esos silencios que cuando empezamos a hablar, los extrañé. Él estaba sumido en sus pensamientos y yo hacía como que doblaba unas prendas de trabajo de padre hasta que habló:
- Hace un bonito día, ¿no?
- Sí.
Me ruboricé tanto que temí que mi cara se fusionara con el sweater rojo que me había tejido la babcia. Luego de lo que parecieron ser horas, se escuchó un fuerte griterío que venía del molino. Eran voces airadas y no muy amistosas. Ambos nos levantamos y fuimos a ver. Un señor de botas negras muy altas gritaba a papá y lo señalaba con el dedo, como acusándolo de algo. Mi padre, un hombre recio que jamás demostró ni un ápice de sentimientos ni pensamientos mediante los gestos, le mantuvo la mirada todo el rato y sereno, le contestaba que no, sacudía la cabeza de derecha a izquierda y se encogía de hombros. Luego de 15 minutos, el hombre de las botas se dio por vencido y le dijo una cosa que pareció asustar a padre. No volvimos a hablar de ese asunto hasta que el día llegó.

  Casi pisábamos diciembre y dentro de dos días se cumplirían tres meses del asunto. La babcia me contó que cuando madre llegó a donde el frío cuerpo de papá, se limitó a quedarse quieta, tomar en brazos su tronco y balancearse de un lado a otro, como si ella misma hiciera de silla mecedora y lo estuviera acunando. No hubo entierro. A los 5 minutos vinieron los hombres en botas a amenazarnos, a revisar todo y a quemar el cadáver. Por suerte, habíamos sido avisados que vendrían aquél día a corroborar si éramos o no 'colorados', e hicimos tiempo a descartar y hacer desaparecer todo indicio de tales acusaciones. Padre tuvo una muerte serena; estaba recostado sobre una banca de madera cuando los de botas le desgarraron la garganta. La babcia dice que su muerte fue una especie de escarmiento con respecto a nuestra endiablada ideología.
El día de la misa en su honor él estaba allí, junto a las puertas de salida. Siempre con ese aire de incertidumbre. Yo lo buscaba con la mirada pero él, impasible, no hacía más que golpetear una antigua canción de guerra contra las columnas de ébano.
Esa noche tuve un sueño muy raro. Junto al desagüe de tía Gertrud yo me sentaba, y desde allí veía, en el reflejo del agua, una serie de imágenes sin conexión alguna. Absurdas. Hasta qué él me llamó. Sí, con esa voz serena. La voz venía del establo. Pidió que cerrara la puerta, y fue allí donde vi a la luz de la vela que él mismo sostenía, esos ojos verdes que me penetraron como una bala del más frío acero.
No hizo más que acariciarme la cara cuando sentí un golpe seco en la entrepierna. No vi nada, estaba oscuro. Sólo sentí cómo un hombre de un asqueroso hedor en la boca me despojaba de mi virginidad. Yo no me moví. Temía lastimarme más de lo que ya estaba. De repente, como si todo eso hubiera sido un trance, alguien encendió una vela. Otra vez esos ojos verdes, aquéllos ojos que por un instante me parecieron de salvación. Estaba apoyado en el mismo barril de cerveza como aquél día que nos conocimos. Se llevó un dedo a los labios, como pidiéndome silencio, sacó una navaja, y mató a mi violador. Lo último que sentí es cómo la sangre tibia brotaba de mi garganta. En mi último hálito, oí cómo el chico tiraba al piso al violador, y se me tiraba encima, ya desnudo, mientras me acariciaba el cabello que pasó de rubio a rojo fénix.