Fue un llanto tan fuerte, hondo y cristalino que desgarró mis tímpanos. Los sentí sangrar, danzar, reír. Y el llanto... ¿Qué haría con él? Ya me daba vértigo. Volví a ese rincón, sola.
¿Qué iba a hacer?
La lluvia se me burló por 15 minutos pero luego calló. En compensación suaves gotitas pedían perdón por la grosería pero yo no escuchaba; mis tímpanos sangraban de la angustia.
El charco escarlata era cada vez más grande. Voces cantaban en idiomas raros, otras decían cosas de nostalgia. Todos esos sonidos pasaban por la puerta. Se filtraban como gases tóxicos, me hacían sangrar más y más.
Cerré todo y me encerré. Sellé su puerta.
Nunca más entraría a mi casa, ni dentro de mi.
¿Qué se suponía que hiciera? ¿Correr a sus brazos y que a la próxima me clavara la puñalada final?