25 de octubre de 2012

rue des cascades.



Hay olor a tristeza, a calle, a humedad...


Esa lluvia no es lluvia. Son lágrimas 

y ese piano que canta un do, imitando al agua

es loco, es amargo, es suave
y el acordeón también lo persigue
con aquéllos gritos de viejos que al compás de la vida
mecen el pie y lo golpean contra el suelo empapado y lleno de recuerdos
que no son recuerdos.
Son imágenes borrosas, pintadas a las apuradas. Ni siquiera en el fin pudimos llegar a mirarlas y a comprenderlas del todo.


de la superación y otros engaños.

Suelo acariciarme inconscientemente donde nace el cabello; a veces es como transportar su Mano desde las cuadras que nos separan al lugar donde estoy y pensar eso. Sí, eso, nada más.
Pero son segundos, los efímeros segundos que dura esa caricia involuntaria.
Con poca gana vuelvo a mis pensamientos anteriores y desisto de aquellas penosas teletransportaciones imaginarias. No digo que estoy sola porque sino mi mano seguiría pegada ahí, donde nacen los cabellos.
Es una especie de consuelo que no consuela.


17 de octubre de 2012

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No pudiste conmigo, de nuevo y de nuevo.

16 de octubre de 2012

Ella y el charco

Era un pequeño charco que, por alguna razón, jamás se secaba.
Un día ella volvía del gimnasio, muerta de hambre y muy dolorida del tobillo. Se había fracturado hacía un mes pero por miedo a que le exigieran reposo todavía no había ido al médico. Debía seguir entrenando, sino engordaría demasiado y todos se burlarían de ella. Iba caminando despacio, preocupada por qué se pondría para ir a entrenar al día siguiente cuando tropezó con aquél miserable charco. Se agachó para revisar que su vendaje casero no estuviera demasiado húmedo ni sucio y fue allí cuando se vio reflejada en el agua: allí estaba ella, gorda, llena de forúnculos, los dientes chuecos, amarillos; el cabello desalineado, seco; sus cejas estaban unidas y pobladas. Una asquerosa mejilla toda picada y una nariz torcida, tosca y para nada agraciada conformaban parte de su rostro.
Repetidas veces vio su reflejo de la misma forma. Corría llorando, desesperada a encerrarse en su casa. Un día se animó a llamar a una conocida y a preguntarle si en verdad lucía tan horrible; con frívolas respuestas y distraídos cumplidos le dijo que no, que estaba tan bella como siempre; perfecta.
Una mañana la encontraron agachada, desnuda frente a aquélla minúscula porción de agua eterna. En su cara había un dejo de desesperación, de rabia, de arrepentimiento. Tenía las manos como aferrando algo invisible, como si su intenció fuera asfixiar. Con los ojos desencajados, dio un último sacudón a su presa invisible  y se dejó caer sobre la fría acera con un golpe seco. El charco al instante se tiñó de rojo. Luego rosa chillón. Emanó olor a esmalte de uñas, a plástico, ropa recién comprada. Se escuchaban de fondo risas estúpidas, charlas vacías, superficiales. Entonces fue cuando el charco cesó de dar tal espectáculo y volvió a su color común, marrón turbio, como si nada hubiera pasado. Ella, despacio, muy despacio, se levantó y respiró.
Era libre, había asesinado a aquélla criatura que vivía dentro suyo consumiéndola, haciéndole pasar hambre, miserias, dolor. La criatura que la había vuelto vacía, HUECA. El charco tembló. Ella lo contempló embelezada.

Cuentan que ese charco reflejaba cómo somos interiormente.

15 de octubre de 2012

Qué hermoso aquél repique de campanas. Me llamaban, yo gustosa iría pero sigo sin poder salir.
Cuido de mi hermoso jardín aquí, donde estoy tranquila. Ella me habla. Hago caso omiso; suele ser muy vanidosa y mentirosa con tal de que yo le diga que es la más bella de todas. Es una rosa excepcional, carmín, muy sagaz. Es un día perfecto, pero estoy cansada como para creer en las mareas del tiempo, del sueño. En esta vigilia del alma escucho otra vez el repique. Sí, la lluvia se lo ha robado a las campanas. Algo han de anunciar ambas, ¿no?

Por favor, no sonrías.
 Yo creo en el ayer.



10 de octubre de 2012

Y era una celda, una celda vasta que se achicaba cada vez que pedía a Dios que me liberara. Mi pecho se comprimió de tal forma que creo dejé de respirar por varias eternidades. Los relojes de arena se convirtieron en plomo, las verdades en odio puro, la gente en mugre, terror.
Se sulfató la esperanza, la luz mínima y lejana que me hacía ser.