Encontróse sentada en un páramo desierto, de abundante y sedoso césped.
Sola. Preguntóse si alguna vez vería alguien. Rodeada de tanta hermosura,
tanto ensueño, tanta paz, y todo para ella. Quería compartirlo con alguien...
Un día encaminóse hacia el límite de su tierra, hasta donde ella sólo conocía
y vióse reflejada en una figura oscura. Sabía que era ella misma, pero estaba
tan alejada que no la podía ver claramente. Era intuición. Al fin, decidióse y
emprendió camino hacia aquel territorio, aquella tierra en la que ella era una
forastera.
Sintió como su cuerpo abandonaba todo dominio sobre sí mismo. Se vió a
sí misma y vió el miedo y la ruina y todo, fuera guerra o paz, egoísmo u odio
ciego, estaba siempre presente allí.
...Y caminó por la noche y tropezó con sus lágrimas; con las lágrimas del mundo.
Siguió viendo más y más tristeza. Continuó caminando, cada vez más aterrada.
Vió a la gente, apenados profundamente; traicionados y descepcionados,
todavía jóvenes en sus vidas, oscilando en la garganta de la muerte.
No podía creerlo. ¿Dónde estaba? ¿Era aquello un sueño?
¿Es lo que te me hice? Preguntóse desesperada.
Sola ya por horas, estaba ya en el camino que la llevaba al ayer, en el sendero del tiempo.
Pero desvióse. Vagó por las guerras, no sin ver los pilares de fama de grandes hombres,
incluso escuchando sus palabras por sí misma. Comportamiento bestial. Ni un vestigio
de consciencia le quedaba ya, ahora que las calles estaban vacías.
Era emperatríz de su propia desgracia.
De su propia estupidéz.
Tan pronto como la mañana aparecía y la noche le cedía lugar al Sol, jóven y salvaje,
era demasiado tarde tarde.
Ya lloraba la muerte de toda vida y amor con los ojos secos.
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