No recuerdo a qué hora, ni creo que sea necesario que se recuerde pero sí, fue hoy el día en que no me gritaste desde la pieza que te cebara mate, o que la llame a la abuela para decirle tal o cuál cosa. Fue hoy hace tres años cuando dejé de escuchar esos ronquidos que ensordecía hasta al más sordo, de oler esa perfumina que tenían todas y cada una de tus corbatas, las que apilabas con tanto esmero y dedicación. Hoy dejé de escuchar esos pasos firmes y decididos, pausados, que subían la escalera y abrían la puerta, trayéndome algún chocolate, revista de interés, libro o chuchería que venían con un abrazo, de esos que querés que duren varias vidas. Estoy algo errada si te digo que te me fuiste; siempre fui algo extraña con respecto a los demás, y esto es lo que me hace serlo aún más: no te fuiste nunca. No voy a mentir diciendo que no te lloro, no voy a decir que no me pongo triste no pudiendo abrazarte ni tocarte más, pero sé que mientras yo te recuerde, loco, malhumorado y tano como eras, como sos, vas a seguir estando, y más que nada ayudándome en todo lo que te pida, como siempre lo hiciste. Siempre tuviste una frase en aquéllos momentos de crisis que jamás voy a olvidarme,
''Tus abuelos van a estar para vos incondicionalmente''.
Sé que es así, porque cuando me prometiste las cosas, las cumpliste con ese sentido férreo del deber y del querer que tanto te caracterizó en vida y es por eso que las pocas cosas que no te dije cara a cara, te las digo ahora, sin hablar: te extraño, pero sé que todavía estás donde no te puedo ver, pero vivís en todos los recuerdos y memorias de todo el mundo y en especial, los que guardo bien adentro del cofre del alma.