Yo sólo le pedía que me enseñe a cantar. Él dijo que no. Que lo que él sabía hacer era innato, algo que sobrepasaba de lo bello y natural. Algo que con el simple y humano tiempo no era posible aprender. Yo me sentí mal; pensaba que en su infinita soledad no tendría compañía, alguien quien lo admire. Pensé que iba a acceder. Porque yo le pedí que me enseñe a cantar. El Viento soplaba dulces y severos agudos llenos de negativas; decía que yo no podía aprender de alguien tan innatamente profesional como él. Día y noche, empecé a llamarlo con más desesperación; yo quería cantar como cantaba el Viento. Me quedé despierta ante abismos, lo perseguí hasta las más profundas montañas vulcánicas debajo de los océanos, y él pasaba de mí. Porque yo quería que él me enseñe a cantar. Me senté junto a una roca, cansada de tanto merodear por el cielo, y esperé. Esperé. Esperé.
Llegó el invierno, que me envolvió con su manto blanco, y sin darme cuenta, ya no podía cantar más. Traté de cantarle a la Luna, pero no pude. Traté de armonizar con el fuego, y me fue imposible. "El Viento" -pensé- "como muerta estoy, sacó de mí mis ganas de cantar y ahora tiene más para él" . Y entonces comprendí el secreto. Su secreto. Y yo cegada por su "talento" , no lo supe ver. El Viento arrastró egoístamente eso que yo más quería, algo que yo tenía y no me daba cuenta al estar a la humana búsqueda de la perfección. Y yo no me opuse. Y lo he perdido.
arrastrado más
de lo que pienso.
Me arrastró a mí.


