17 de agosto de 2014

De la moda y otros gritos

A veces era tan evidente lo que decía mi cuerpo que no sé cómo simplemente los demás no escuchaban o respondían a sus súpicas. Gritaba "¡déjenme ser como soy! Déjenme deleitarme con mis carnes, colgaduras y baches en mi carretera de piel." Pero ya saben lo que pasa cuando no se escucha al cuerpo: éste, sin otro a quien acudir, pide ayuda a la mente... Y ya saben cómo sigue toda la historia. No por algo la mayoría de las personas dibuja un garabato o laberinto donde debería situarse el cerebro. Allí las cosas de pierden, y si salen, nunca vuelven a ser las mismas. Pensamientos son procesados de las más infinitas e indómitas formas imaginables (no hace falta que lo mencione igualmente, todos sabemos en el desastre que nos metemos cuando nos podemos a pensar). En fin ¿qué les contaba? Ah, eso, lo del grito del cuerpo. La mente, como era de esperar, comenzó a sacar conclusiones y luego conclusiones nuevas que salían de las viejas y otras de las conclusiones que nunca se habían mencionado pero bueno, la mente suele ser así cuando se le da demasiada libertad. Los pensamientos hablaron todos juntos y a la vez como enloquecidos y frenéticos, sin pausa ni coherencia (al menos al principio).
El cuerpo confió plenamente en el criterio de la mente (al fin y al cabo es ella la que piensa) de que "hay que ser como los demás cuerpos". Pero ahí estaba el truco. NO todos los cuerpos, sino los que son agradables a la visata, los de la televisión. "Los cuerpos esos sí que saben vivir, sí que saben del éxito!" dijo la mente. "Mirá esas costillas notables a simple vista, esas piernas lisas y raquíticas!" comentaba, extasiada. Pero el cuerpo, aunque acató los consejos de la mente, comenzó a sentirse peor que antes. Percibió que algo andaba mal con lo que se esperaba de él. Es totalmente verdadero que cuando de nuestro organismo se siente mal de repente es un paquete de malestar plus que incluye dolores de cuerpo y hasta de alma. Todo comenzó con los intestinos, y luego,los genitales. El maltratado cuerpo no entendía ni sabía cómo curarse, hasta que finalmente tras largos períodos de sufrimiento y soledad entendió: la mente piensa que estoy mal. Y por esa mismísima razón verdaderamente lo estoy.
Pero el cuerpo, antes de dejar de prestarle atención a ese monton de sesos enredados, una vez entendida la situación, le planteó a la mente una serie de preguntas que la dejarían siempre titubeante, sin una respuesta realmente certera:

"¿Por qué será que la moda es algo ajeno a la felicidad real? ¿Por qué la moda es tener mucho dinero, ser raquítico, lastimarse?
Ojalá la moda fuera amarse a uno mismo y ser feliz con eso..."
Es una niña perdida en el bosque que se araña febrilmente el pecho en el afán de extirpar el tumor de humo negro que no la deja respirar en paz. El humo negro se expande lenta pero gradualmente al resto del cuerpo, devorando toda la vida que encuentra en su carrera. Dolores, retorcijos, miradas al cielo suplicando que exista algo que justifique las penas, los suspiros, el resplandor del sol.
Devotos la intentan contener, enseñándole que todo lo que tiene es suficiente, que tiene lo que debe tener... ¿Es acaso posible limitar la mente de una niña, en un bosque? Aún así cuando está muriendo presa de un miedo inexplicable que ahoga el pensamiento y viola los sentidos. No es tanto el hastío de sufrir, sino del no saber por qué, o por quién vivir. Es todo tan breve que no sé si valga la pena nada.

18 de febrero de 2014

Auf wiedersen

Fue un llanto tan fuerte, hondo y cristalino que desgarró mis tímpanos. Los sentí sangrar, danzar, reír. Y el llanto... ¿Qué haría con él? Ya me daba vértigo. Volví a ese rincón, sola.
¿Qué iba a hacer?
La lluvia se me burló por 15 minutos pero luego calló. En compensación suaves gotitas pedían perdón por la grosería pero yo no escuchaba; mis tímpanos sangraban de la angustia.
El charco escarlata era cada vez más grande. Voces cantaban en idiomas raros, otras decían cosas de nostalgia. Todos esos sonidos pasaban por la puerta. Se filtraban como gases tóxicos, me hacían sangrar más y más.
Cerré todo y me encerré. Sellé su puerta.
Nunca más entraría a mi casa, ni dentro de mi.

¿Qué se suponía que hiciera?  ¿Correr a sus brazos y que a la próxima me clavara la puñalada final?