La corona brillaba tanto que hasta parecía enceguecer al más ciego de todos los viejos. Uno podía confundir el brillo con el sol. Pero "no todo lo que brilla es oro". Bastó con salir de la sala de observadores y aduladores y pararse al lado del Artefacto Real que parecía valer más de mil vidas y lágrimas de sal. Así, noté que la corona era de madera, pintada con color dorado. No tardé mucho en astillarla y quebrarla. Es así como hice real algo Real, algo que no era más que un tronco cortado en distintas posiciones y formas, cubierto por una capa de pintura que hechizaba todos los ojos ilusos y tristemente encantados con el brillo falso. Yo ya me había desencantado. Me puso de rodillas y me desnudó ante mi misma pero al final valió la pena porque me hallé después de mucho tiempo perdida. Pero mi camino ahí no terminó...
Tamaña empresa la de desencantar a los demás que están cómodos mirando ese sol de madera que dice ser del oro más puro y milenario.