6 de diciembre de 2011

CRÓNICA DEL DÍA QUE ME DIJO QUE PARTIRÍA.


Mañana se va para su casa. Una mochila en la que en cada bolsillo rebalsa un recuerdo, incertidumbre de no saber dónde poner el pie y un pasado que deja atrás, que no sabe si revivirlo o dejarlo pudrirse al sol y al calor del tiempo. Quiere amar, quiere odiar, quiere escupir y retorcerse. Quiere olvidar, quiere descansar, quiere sentir.
 En todo este tiempo no se dejó hacerlo; se construyó una coraza de orgullo y constante defensiva y alarma y desconfianza impenetrables. Se pregunta a diario si creer. Se pierde en sus laberintos teóricos, concejos arbitrarios, retazos de vivencias que lo hacen retroceder. Sus pasos son indecisos pero inexorables y fuertes a la vez. 
Se encuentra en su lecho, esperando que alguien lo espere los minutos y las horas interminables que él crea necesitar; se encuentra consigo mismo en el momento en que un temblor de tierra mezclado con dulzura e infinita pluralidad de sentimientos lo hacen conocer la verdadera paz del alma y descartar esa sensación de paz terrenal que él entiende por vaya a saber qué. Yo no puedo descifrarlo y me atrevería a decir que me cansé de tratar.