CRÓNICA DE AQUEL DÍA QUE LLORÓ.
El día llora. Supongo que me quizo hacer compañía cuando se dio cuenta de que, cerca del mediodía, cuando salí un rato al patio, pronostiqué que a las 3.09 pm lloraría mientras fingía dormir siesta en un intento desesperado por estar sola. El sol estaba deslumbrante. Me saludó como todos los días pero no tuvo efecto alguno en la temperatura de mi cuerpo. Me abrazó con fervor pero yo, como toda respuesta, me helé. El proceso empezó el año pasado creo, cuando descubrí cómo se ama a alguien y las posibilidades de herir al que amabas. No lo sé. Últimamente no se nada. Apenas me preocupo por comer y dormir y comerme las cutículas de las uñas.
Retomando el tema del tiempo, recién me sobresaltó un estruendoso trueno. Estoy en mi habitación entre las penumbras, tratando de refugiarme en este trozo de papel. Por las rendijas de la perciana se ven los árboles danzando al son de los susurros del viento y de los parloteos de la lluvia. Truenos gritan pero no les entiendo nada. Ojalá un día lo pueda hacer, eso de entender a los truenos y su jerga endiablada, porque algo dentro mío me dice que me quieren decir algo. Son gritos aislados, otros agónicos, los de más allá potentes y guturales. Los acompaña una lluvia espasmódica y débil, como si el cielo gastara toda su energía en abrirse e iluminarnos por una fracción de segundo y gritarnos con aullidos desgarradores que no. Simplemente eso, NO. Que no se llore desesperadamente, porque una vez expulsados de la vida, podríamos sumirnos en los más altos cielos y caer en forma de rayos monumentales que partan las cosas en dos porque vivos jamás supimos desgarrar el suelo , erguirnos y seguir amando. Alguien, que no merece que se lo llame así porque en realidad es más que alguien, pero mucho menos que nadie dijo que yo le doy vergüenza. ¿No es curioso acaso que otras personas lleven una cruz con y en nuestro nombre? Será que no tienen tribulaciones suficientes con las que cargar y quieren asumir las ajenas o quizás me quiere demasiado y una forma de demostrarlo es esa, llevando sobre sus hombros un peso que no tiene su nombre, uno de letras consonantes y vocales, que se puede separar en sílabas y que cualquier persona común, diaria, podría llevar. Pero su nombre, su Nombre, se lo da él.
Él mismo, con su grandeza, su humildad y su infinita pasión.
En mi corta vida conocí a alguien que amara más alocadamente que ese alguien. Quizá exagero, víctima de la falta de experiencia. Quizá dentro de unos años relea esto y de cuenta de que tenía razón con respecto a lo que garabateé justo hoy y ahora, el día en que el día lloró.