7 de diciembre de 2011

CRÓNICA DEL DÍA DE LA PLANCHA.

Cuando escuché su voz en la cocina comenzó en mi cabeza un rodaje de películas de mi niñéz, pre  adolescencia y actualidad. Era esa misma voz que desde hace 10 años me hace reír y me entiende, como si 43 años de diferencia entre una y otra no contaran; como si fuéramos iguales pero diferentes; como si fuera una madre-confidente que demás está decir, jamás tuve.
Preparó sobre el mueblecito de planchar todo para cumplir con su labor, aquel labor que le desagradaba pero debía cumplir, y por fuerza natural, casi por un magnetismo, me quedé cerca de ella, pegada a la silla para comenzar una de las tantas conversaciones que en mi vida pude mantener con alguien que supiera decirme las cosas como son y a la vez saber cómo se siente ser yo, con 17 años y millones de tropiezos por delante. Le conté, como si fuera una parte de mi consciencia, todas mis tribulaciones, proyectos y cosas comunes y diarias. El día estaba espléndido, los pájaros se decían cosas los unos a los otros parados en los cables de la calle y el césped del patio trasero despedía un olor a bienvenida que sólo en diciembre se huele.
 Ella es mi madre de la vida que me enseñó y sigue enseñándome, inexorable e incansablemente, cosas que dejan de lado toda moralidad que la gente mayor suele cumplir con, probablemente con el temor de que se los trate de poco maduros, como si eso tuviera algo que ver con la madurez verdadera. Curtida en hábitos y cosas de la vida, habló con fluidez y me dijo las cosas al desnudo,  como debe ser. Está en uno si vestir las cosas o no, depende. Me habló de viejas añoranzas y de las nuevas también, aunque las últimas las dijo con un fervor poco antes conocido pero hablando desde el corazón,  son cosas que jamás se van a cumplir, porque me incluyen a mí y mi voluntad no es que se cumplan exactamente. Tuve respuestas a preguntas que creí ofensas pero que no lo eran en realidad. La curiosidad nunca me pareció una ofensa, ni tampoco el preguntar. A alguien sí le parecieron ofensas siempre, desde que aprendí cómo preguntar, como si ciertos temas estuvieran vedados desde siempre o desde que se preguntan, y como si yo fuera dueña de los poderes más poderosos de una  legeremancia ni por asomo mundana supiera que esas cosas JAMÁS de los jamases deberían preguntarse ni mencionarse.
 La amo. Ella sueña con que la persona más importante de su vida y yo volvamos a reírnos, a contarnos las cosas más simples y extraordinarias una y otra vez y que jamás encontremos más confianza en nadie que en nosotras mismas mutuamente, pero mi voluntad no pretende que eso se cumpla exactamente, repito. Deja de lado su esencia adulta para adelgazar, revertir el tiempo y contarme y aconsejarme y volver a vivir lo que yo vivo ahora; ella plancha, ella escucha, ella procesa, ella sueña despierta y me responde. ¿Qué más puedo pedir de una persona en estos tiempos en los que no sé si respirar agitadamente o dejar que todo me importe un bledo y que las cosas sigan su curso puestas en piloto automático?
Fue una catarsis como pocas, una catarsis hermosa y tranquila, acompañada y animada por los parloteos atolondrados de los gorriones de los cables eléctricos de afuera, donde yo no quería estar por miedo a ver la realidad que me toca vivir, la que yo me busqué. Remató la conversación pidiendo que volviera a calentar el agua para el mate, y dándole significado a una frase que yo no entendía del todo hasta hoy: errar es humano aunque perdonar es divino.