16 de octubre de 2012

Ella y el charco

Era un pequeño charco que, por alguna razón, jamás se secaba.
Un día ella volvía del gimnasio, muerta de hambre y muy dolorida del tobillo. Se había fracturado hacía un mes pero por miedo a que le exigieran reposo todavía no había ido al médico. Debía seguir entrenando, sino engordaría demasiado y todos se burlarían de ella. Iba caminando despacio, preocupada por qué se pondría para ir a entrenar al día siguiente cuando tropezó con aquél miserable charco. Se agachó para revisar que su vendaje casero no estuviera demasiado húmedo ni sucio y fue allí cuando se vio reflejada en el agua: allí estaba ella, gorda, llena de forúnculos, los dientes chuecos, amarillos; el cabello desalineado, seco; sus cejas estaban unidas y pobladas. Una asquerosa mejilla toda picada y una nariz torcida, tosca y para nada agraciada conformaban parte de su rostro.
Repetidas veces vio su reflejo de la misma forma. Corría llorando, desesperada a encerrarse en su casa. Un día se animó a llamar a una conocida y a preguntarle si en verdad lucía tan horrible; con frívolas respuestas y distraídos cumplidos le dijo que no, que estaba tan bella como siempre; perfecta.
Una mañana la encontraron agachada, desnuda frente a aquélla minúscula porción de agua eterna. En su cara había un dejo de desesperación, de rabia, de arrepentimiento. Tenía las manos como aferrando algo invisible, como si su intenció fuera asfixiar. Con los ojos desencajados, dio un último sacudón a su presa invisible  y se dejó caer sobre la fría acera con un golpe seco. El charco al instante se tiñó de rojo. Luego rosa chillón. Emanó olor a esmalte de uñas, a plástico, ropa recién comprada. Se escuchaban de fondo risas estúpidas, charlas vacías, superficiales. Entonces fue cuando el charco cesó de dar tal espectáculo y volvió a su color común, marrón turbio, como si nada hubiera pasado. Ella, despacio, muy despacio, se levantó y respiró.
Era libre, había asesinado a aquélla criatura que vivía dentro suyo consumiéndola, haciéndole pasar hambre, miserias, dolor. La criatura que la había vuelto vacía, HUECA. El charco tembló. Ella lo contempló embelezada.

Cuentan que ese charco reflejaba cómo somos interiormente.