9 de mayo de 2011

Dicen del vestido carmín...

Dicen del color de aquellas rosas que visten de carmín no es vano, un sinsentido. Hubo un tiempo en que las almas podían existir sin ninguna barrera, eternamente puras. Podían reposar en una cascada, sentir correr el agua, ceñirse sobre una montaña. Saber que todo era parte de ellas. Vivir.
Un día, dos almas decidieron comenzar un juego, del que algunos dicen es malo abusar, y decidieron contenerse en dos cuerpos. Querían jugar y sentirlo en carne viva, tenerlo dentro suyo.  A esas encarnizadas maneras con las que jugaban, ellas les dieron el solo nombre de pasión. Jugaban, se retorcían, enfermaban, agonizaban, volvían a jugar.  Pero luego de un tiempo, sus cuerpos empezaron a fallar: estaban conociendo al fin la erosión de la edad. Un día, una de ellas vió que la otra no despertaba. Asumió que había partido, pero la otra, dada su condición, no podía seguirla donde quiera que haya ido. Necesitaba librarse de aquel cuerpo que se transformó en una cárcel. Un día, bien decidida y planeando su escape, decidió librarse de su voluntario encierro y salir en búsqueda de su compañera. Con cada golpe vio que de cada herida emanó un líquido escurridizo, rojo como el alba, que fue a parar a una bella criatura alvina con pétalos y cuerpo verde. Dicen que cuando no quedaban retazos de vida, la criatura se tiñó de carmín al instante. Nadie supo jamás si esas dos almas pudieron encontrarse de nuevo, pero de ese juego sí se sabe que fue el que los obligó a hacer cosas desesperadas, olvidar su yo en la carne extraña.




Espantoso juego del amor, en el cual es preciso que uno de 
ambos jugadores pierda el gobierno de sí mismo.