30 de abril de 2011

Adiós a un grande.

¿Cómo se le dice adiós a un grande? 


Supongo que dedicándole aflicción, lágrimas, conmemoraciones... Pero, ¡si siquiera lo hemos conocido! ¿No se trata de algo patético si se analiza fríamente? Los que se sienten apenados por su partida, no sabían cómo se sentaba a comer, qué hacía por las mañanas, cómo se comportaba con sus diarios compañeros de vida... ¿Cómo saber si era una persona digna de ser apreciada por miles y miles de personas alrededor de este peculiar y hueco globo?
Mi respuesta se remite a algo más allá de sus aspectos como persona, como vecino, como marido, como físico... Mi respuesta se remite a lo que en verdad es: lo conocemos por su obra. Lo conocemos desde el primer momento que leímos el prólogo. Desde que compramos el libro. Desde que oímos su, para nosotros, inmortal nombre. 
Trató de huír del mundo, cosa que indefectiblemente no logró gracias a 'sus cartas, sus palabras por las calles, con su desamparo'. Él nos enseñó que sin utopías, los jóvenes perecen a la horrible realidad. Nos enseñó que los años, las desdichas, las desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer, tristemente lo refuerzan. Él, el que pidió que nosotros, sus pibes, no esperemos encontrar en sus ensayos sus verdades más atroces; únicamente las encontrarán en mis ficciones, en esos bailes siniestros de enmascarados, que dicen o revelan verdades que no se animarían a confesar a cara descubierta. Los grandes carnavales de otros tiempos eran como un vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos para soportar la vida, para sobrellevar la existencia, y hasta he llegado a pensar que Dios existe, enmascarado.
Nos explicó que no hay nadie que haya jamás escrito, pintado, esculpido, modelado, construído, inventado meramente para salir de su infierno.

Nosotros, jóvenes herederos de un abismo, deambulamos en una tierra que no nos da cobijo. 
Nosotros, desguarecidos existencial y metafísicamente, sufrimos huérfanos de cielo y de techo.

Él, el admirado y sufriente, finalmente sucumbió a su Túnel que lo llevará a su eternidad, lejos de la crueldad del exterminio humano en su aspecto intelectual y espiritual. En su esencial HUMANIDAD
Creo que hablo en nombre de sus miles de seguidores cuando digo que jamás va a morir, mientras siga viva su obra.


...Y que, en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario, el mío, el túnel en que había transcurrido mi infancia, mi juventud, toda mi vida.


1911 - 2011.
Ernesto Sábato.