Aquél joven silencioso y de ojos apagados, vestido un día de negro decidió hacer una de sus pasiones: subirse a un tren, y viajar. ¿Acaso no había cometido muchos errores en su tierra ya? Era hora de marchar. No había máscara que pudiera comprar para ocultarse. Se salvó de que su propia consciencia lo encarcelara durmiendo días y noches en casas diferentes, edificios en ruinas, con apenas comida para alimentar una cansada y arrepentida mente. Sin gloria y a escondidas, desde la clandestinidad, escribía en los muros "...solo quiero no ver establecimientos ni jardines, ni mercaderías ni anteojos, ni ascensores".Un día con más lluvia que otros días, se enteró que ella había subido al Tren de la Muerte, y que hasta ahora no había vuelto. Desde entonces siguió viajando por su tierra en andrajos, vagando de estación en estación, esperando su regreso, para decirle que no se arrepentía de lo que le había dicho: "las piedras grices nos reconocieron, los gritos del viento en la sombra. Pero fue el fuego, nuestro único amigo, con el que apretamos el dulce amor de invierno a cuatro brazos, que dos debían ser míos, no de otro más.
Te hubiera amado más."