23 de febrero de 2010
Der buch. {pt. I}
Ojalá hubiesen podido ver lo que realmente pasó con Eleanor y Cassandra.
Cuando Eleanor había cesado de respirar, Cassie se encontraba ya sin pulso. Fue todo tan rápido... Parecía una secuencia de imágenes rápidas, indiferentes al sentido.
Esas lluvias alteraban a Eleanor; tanto que se escondía en el baño y murmuraba sin cesar, balanceándose, algo así como "todos los días una nueva cara". Ella nunca mencionó a su madre, y yo, nunca, por más confianza que haya habido, jamás le pregunté algo sobre ella.
Me inspiraba cierto respeto, un respeto cercano al temor.
Cassie vivía con su tía, y había llegado a la aldea hacía no más de seis meses. Tenía una aficción especial por el agua. Eleanor le tenía un respeto (también) cobarde y enfermizo. Hoy en día pienso que sólo eran amigas porque, Eleanor, nunca hubiera querido tener de lejana o enemiga a alguien como Cassie. Rara pareja hacíamos las tres.
¡Por Dios! Cuán rápido sucedió todo... Lo que pasó nunca parece irse. Era un día especialmente nublado, con esos vientos que cantan melodías frías y distantes. Las casas parecían cubiertas de un glasé blanco; como tortas de chocolate, adornadas, esta vez, con motivos navideños.
Íbamos con Cassandra rumbo a la casa de Eleanor. Quedaba aunos nueve metros de una casona abandonada, usurpada -según las chismosas lenguas- por una gitana que leía el futuro. Nadie se acercaba, ya que la sóla presencia de alguien de esa nación invitaba a los habitantes de la aldea a distanciarse de esos -según ellos- "indignos ladrones sucios".
La casa tenía un aspecto demacrado, como alguien quien tras pasar una gran depresión y no recuperarse, no se había ocupado nunca de lucir bien. No, la casa no era terrorífica en absoluto. O simplemente será que en esa aldea todo era tan gótico y siniestro que ninguno de nosotros sabía exactamente de qué trataba algo con "aspecto siniestro".
Llegamos a lo de Eleanor caladas hasta los huesos. El abuelo de ella, Ludo, nos hizo entrar con su típica atención esmerada y nos invitó un té con bombones de café. Nos aseguró que Elea no tardaría en bajar.
Sentimos un ruido como de exasperación y luego patadas proporcionadas con furia al piso, que claramente provenían de arriba, ya que hacían temblar levemente la araña del techo.
El abuelo de Eleanor echó una mirada rápida y suplicante hacia arriba y luego se volvió a nosotras.
- ¿Cómo está tu tía, Cassie? ¿sigue insistiendo que el agua del pueblo tiene veneno para babosas? - preguntó en un tono desconcentrado, sin parar de hechar vistazos al techo.
Cassie puso los ojos en blanco y se encogió de hombros como toda contestación. Desde que había visto ahogarse a su familia entera no había vuelto a hablar.
Ludo, al ver que yo echaba miradas hacia la escalera, me dijo amablemente:
- Cariño, ya bajará, no tardará...
A los segundos de haber dicho esto, se escucharon pasos descendiendo por la crujiente escalera de caracol. Era, en efecto, Eleanor.
A pesar de su excéptica expresión de sobresalto, había algo que no encajaba en ella... Tenía la cara lívida, sin color. El labio inferior sufría de leves temblores.
- ...la- nos saludó con la voz tomada (para nada parecida a la voz que solíamos escuchar siempre; potente pero dulce)
Cassie se levantó y la abrazó, preguntándole con la mirada si se encontraba bien.
- Sí - dijo ésta, como saliendo de un trance. - es sólo que...
Pero calló al instante al ver la mirada áspera de su abuelo.
- ¿Qué les parece si nos vamos a la biblioteca antes de que oscurezca? El profesor Shore no nos perdonaría ni por una tormenta de nieve que dejemos de entregarle el informe sobre Kant.
Fue la primera vez que me alegraba de no acudir a mi amada biblioteca C.Doyle: el viento azotaba con furia las ventanas y veíamos, al avanzar al primer piso, que los árboles se doblaban extraordinariamente debido a las fuertes ráfagas.
Debía acercarse una tormenta, a desgracia de Elea.
Llegamos a la biblioteca, el lugar más espléndido de la casa a mi parecer. A pesar de los centenares de libros que pedían a gritos ser leídos (desde Sófocles, a Tolkien), la sala era muy confortable. Había un hogar crepitante muy grande, un acuario tamaño zoologico, sillones mullidos y una espléndida mesa de roble de seis patas.
Eleanor surgió de las sombras cargada con volúmenes en el idioma original de Kant y su traducción al español. Tomé el que me tendió ella (con una mano notoriamente temblorosa) y lo ojeé. La portada se lucía de verdad: letras doradas rezaban algo así como <<Werke in sechs Bänden>>. Comencé a mirarlo. Luego de un rato, Elea dijo:
- Si quieren puedo leerles algo que he encontrado, le veo el estilo del profesor Shore para explicar. Creo que si no fuese porque Kant está muerto, Shore hubiese ido sin pensarlo dos veces a pedirle matrimonio.
Cassie golpeó con los puños cerrados la mesa y se sacudió como loca, a causa de su mudo ataque de risa. Reímos juntas un buen rato, imaginándonos al lampiño profesor con peluquín y un vestido de novia encaminándose hacia el altar, mientras la celosa y secreta admiradora -según las chicas- Alessa la bibliotecaria, le echaba miradas asesinas al cadáver de Kant que esperaba junto al cura mientras se acomodaba los huesos de la muñeca, que se le acababan de caer.
Pasó un rato largo (no sé cuánto) hasta que pusimos manos a la obra. Todavía quedaban retazos de risas, cuando de repente... se cortó la luz.
