5 de septiembre de 2011

Gente común

Es un día de lluvia, no menos común que ayer o el día anterior. Me retracto, quizás sí hubo algo que hizo me sentara a escribir esto y suspendiera una aburrida liquidación de sueldos de dos personas no menos comunes que yo: la forma en cómo cae la lluvia. Es una lluvia violenta, que amenaza con desprender árboles del suelo. Escucho sonidos del sótano, pero creo que llegaremos en materia de tiempo a explicarlos. 

Bien, les decía, no por nada recordé con esta lluvia un caserón victoriano de un lugar simple, aburrido y aristocrático. En ese momento yo no era más que una sirvienta, una más del cuerpo de limpieza. En cierta forma, el duque me atraía y mucho. En algunos de mis descansos él avanzaba más allá de mis enaguas y pasábamos juntos los ratos en los que él no tenía que trabajar o hacer su pasatiempo favorito: estar con sus dos muñequitas, sus dos bellas hermanitas. Era una familia fría de cinco hermanos recién huérfanos. Todos fríos, menos ellas dos. Ellas, las que con sus bailoteos iluminaban los celestes ojos del joven duque al ver cómo sus infinitos bucles danzaban al aire; él no podía evitar sonreírles de oreja a oreja. 
Pero poco a poco, una de ellas ensombreció. Sus ojos ya no sonreían como antaño. Sus pies ya no corrían y bailaban al son de una alegre polka ni su pequeña naríz se deleitaba con los olores de los jazmines que ella plantaba con su madre. El joven duque, preocupado, la iba a cuidar cada noche a su habitación y salía con lágrimas desproporcionales a sólo dos ojos. La veía retorcerse, la escuchaba gemir, pedir ayuda.
Paulatinamente, ella perdió el apetito y comenzó a recluírse en su habitación. Lo único que atraía su atención era un viejo artefacto que yo le había traído de una feria lejos de la ciudad, comprada a un viejo mercante.
La hacía perderse en la inmensidad de su brillo y se sentaba por horas, días, semanas con sus ojos pintados de ojeras fijos en aquél artefacto. Lo admiraba con temor. 
Su pequeña hermana al principio también se preocupó y en las noches en las que el joven duque debía viajar por cuestiones de trabajo ella se quedaba en vela para cuidar a su hermana, recordándole y sin esperar respuesta viejos bailes y carcajadas.

Un día, la vieja de la comida le llevó el almuerzo a la cama y encontró una situación algo extraña:  su hermana ayudándole a subir a una silla y la otra sosteniendo una soga. Al ver a la señora, la niña salió precipitadamente de la habitación, excusándo que se había indispuesto y necesitaba un baño. A los tres días, justo antes de que volviera el duque, la cocinera fue encontrada muerta en el desván. El médico nos dijo que fue un ataque al corazón. 

El joven duque cada vez viajaba menos y dedicaba mucho más tiempo a su hermanita enferma. Yo entendía a  su hermana que a estas alturas ya se había puesto celosa de toda la atención que acaparaba su melliza. 
Llegó esa noche. La niña sana se encaminó a la habitación de la hermana. No hacía falta hacer silencio; la lluvia amenazaba con desprender árboles del suelo.  Los gritos de agonía de su hermana quedaron sofocados por la almohada.
El resto fue fácil: las dos hermanas mayores decidieron buscar fortuna en países lejanos y despilfarraron su herencia y sólo quedaron la niña y el duque. No faltó más que un pequeño agregado de sabor amargo, almendrado a la sopa de la niña para que cesara de vivir y un somnífero en la bebida del duque. En la noche, enterré el cadáver de la niña en los jazmines de la hermana y le dí las gracias de corazón por haberme ayudado a matarla.

¡Uy! Me voy. Está comenzando a rasguñar las paredes del sótano. Parece que tiene hambre. Cada día me excita más pensar que esos ojos celestes sólo me miran a mí y él ahora es solamente MÍO.