A veces era una visible mancha ondeante en el horizonte, otras un miserable punto. Dependía de cuánto crecía el mar.
Quizás el prado le persuadía para que se quedase en el acantilado a cantarle a la gran masa de salitre junto a su violín. Quizás veía una cosa más allá que la gente común no veía.
Su túnica volvía áspera todas las noches a causa de la sal en el viento; su alma gritaba por una visita más.
Decía siempre a alguien que lo que buscaba estaba oculto bajo un velo, que ella oía del océano un destino desconocido, que quizás ellos debían subir abordo. Que quizás en el helado invierno encontraríamos nuestra otra mitad. La masa de sal a los ojos infinita arrastraba lejos sus cuerpos.
Se embarcaron sin más pensarlo
romperían la maldición.