Miraba. Lo daba vuelta. Lo volvía a mirar. Lo torció, cortó, pegó y volvió a torcer.
Buscaba insistentemente.
Llegó un momento que ni agua tomaba. Necesitaba encontrar eso.
¿Qué era en verdad lo que buscaba con tanta pasión y esmero? Ni ella sabía.
Sólo deseaba encontrarlo ahí, en su reflejo.
Pero jamás se dio cuenta que lo que quería encontrar, debía de ser buscado en otro lugar.
Murió con el cristal en sus manos, emanando suaves gotas por doquier.
Desencantada, tarde se dio cuenta de que errada miró fuera; miró sin mirar, buscó sin buscar.
En vano fue todo, pero ya no brillaba para ese entonces.
