15 de febrero de 2011

Es allí donde ella aprendió que es una cosa momentánea, frágil, cual figura cristalina, cual criatura sin huesos. Ella en su habitación había armado un mundo, donde la pluma y el pergamino no hacían más que vomitar cosas insulsas, cosas que decían ser amor. Desde su ventana veía a bellos cisnes surcar el cielo con libertad, y ella de vez en cuando anhelaba poder ser como ellos. Pero luego se le pasaba al ver, sentir, palpar, probar aquella cosa que ella creyó era cariño. Ella se hamacaba sobre todos aquellos sentimientos tan esponjosos y felices porque pensaba que esos sentimientos JAMÁS se iban a romper. Pero entonces aprendió. Y aprendió al caerse. Y se dió cuenta que  ella no habitaba en un mundo, ella habitaba en un espacio contenido por cuatro muros, cuatro muros de un espesor desesperante. Ella cada día los extendía más, y más y más. Ella dejó de caminar por entre los caídos harapos de las rosas, y pisó espinas. Pero no le dolió. Ya las había pisado antes, y hasta había dormido en ellas. Y se acostumbró, y entonces pensó: 'como antaño.'