"Gente como vos -dijo entre lágrimas, derramando hermosos pétalos- ...tampoco me quiere"
Decía que sólo lo admiraban por su belleza exterior, pero que no lo tocaban por miedo a hacerse daño.
Nadie lo escuchaba más, excepto yo. Me contaba todas sus penas; que si nadie lo escuchaba, él se quedaría mudo. Pasaron los meses y al pasar por el jardín, la gente lo señalaba, embelesada. Él se retorcía de rabia, haciendo que sus raíces hicieran temblar la tierra. La gente no se daba cuenta de que el rosal estaba muriendo, ya que no lo escuchaban. Lloraba todas las frías tardes dejando a mis pies su hermosa piel carmín. Le hablé por vez última una tarde, en la que su último vestigio de vestido amenazaba con dejarlo desnudo. Le dije:
- ¿Por qué te dejaste morir?
Me susurró.
- Porque los hombres no escuchan a mi madre, que poco a poco está muriendo a causa de su sordera.
Una ráfaga de viento desprendió con dulzura el último pétalo, como una madre le dice suavemente a su hijo que deben partir, y lo hizo danzar hasta tocar el piso, mientras yo me encaminaba decidida a contar esta triste historia.