Había una vez un árbol. Un árbol enclenque, desgraciado. Éste estaba plantado al lado de otro simétricamente derecho, de facciones agraciadas, las cuales el viento no paraba de besar.
Éste árbol derecho siempre le decía al enclenque que lo mirase.
Era como un perfecto narciso; veía en la vidriosidad del árbol desgraciado su propia belleza. Siempre se burlaba de él, haciéndole sufrir por ser diferente.
Un día vino un leñador con sus hombres al bosque y gritó "CORTEN TODOS LOS ÁRBOLES DERECHOS".
- "GRACIAS A DIOS QUE SOY HERMOSO."
