2 de julio de 2015

Pequeñas revoluciones

 Creo que la edad me ha hecho un tanto más “seria” para escribir. Ya no sé si me queda cómodo expresar mis ideales y luchas en forma de metáforas o narrativa. Quizá hoy crea en las revoluciones; no en aquellas monumentales que destruyen todo en un abrir y cerrar de ojos, sin antes haber construido cimientos para construir un edificio social más equitativo, más feliz. Porque es a eso que apuntamos, ¿no? A ser felices… Sino ¿dinero para qué? Para conocer lugares del mundo y así ser felices. Comprarnos autos, departamentos, alimentar a nuestra familia. Quien diga que la felicidad no es solo material tiene toda la razón del mundo pero es un estúpido si niega la importancia de lo efímero, del material traído al mundo por un hombre X en un lugar X de nuestra Casa. No sé si hoy se pueda hablar de una Revolución sin pasar por soñador ingenuo. Quizá el tiempo de La Revolución ya pasó. Quizá sea hora de que hagamos pequeñas revoluciones, que mandemos al demonio el mundo infeliz en el que vive mucha gente, de que lo hagamos distinto. Revolucionariamente distinto. Feliz.

 Quizá con pequeñas revoluciones este Homo Faber de Arendt se haga Hombre, al fin. Y quizá el espíritu de ayuda, de felicidad, de hermandad se haga pandémico y se transformen en  pequeños Mandela, pequeños Ghandi, pequeños Luther King, pequeños Bolivar, pequeños Guevara, pequeños Favaloro.  Pequeños que pisen tan fuerte  hasta hacer temblar los cimientos de los Grandes, que ahora miran expectantes. Con miedo.

 Pequeños revolucionarios con ganas de enfermar a los demás de ese espíritu suyo sin ganas de conformarse con saber y decir que “…bueno, las cosas son así. Qué le vas a hacer”. ¡Enfermemos a los demás y hagamos pequeñas revoluciones! Dejemos de mirar desde arriba como reyes de lo Absoluto. Reyes sin cetro, al servicio de entidades metafísicas, los Ricos, que nos quieren sumisos y quieren que odiemos a los que ellos mismos dejan de lado. Si las revoluciones en contra de esta cultura hegemónica son enfermedad, con gusto me enfermaré y contagiaré al resto.


Nunca es demasiado tarde.