17 de agosto de 2014

Es una niña perdida en el bosque que se araña febrilmente el pecho en el afán de extirpar el tumor de humo negro que no la deja respirar en paz. El humo negro se expande lenta pero gradualmente al resto del cuerpo, devorando toda la vida que encuentra en su carrera. Dolores, retorcijos, miradas al cielo suplicando que exista algo que justifique las penas, los suspiros, el resplandor del sol.
Devotos la intentan contener, enseñándole que todo lo que tiene es suficiente, que tiene lo que debe tener... ¿Es acaso posible limitar la mente de una niña, en un bosque? Aún así cuando está muriendo presa de un miedo inexplicable que ahoga el pensamiento y viola los sentidos. No es tanto el hastío de sufrir, sino del no saber por qué, o por quién vivir. Es todo tan breve que no sé si valga la pena nada.