Y era una celda, una celda vasta que se achicaba cada vez que pedía a Dios que me liberara. Mi pecho se comprimió de tal forma que creo dejé de respirar por varias eternidades. Los relojes de arena se convirtieron en plomo, las verdades en odio puro, la gente en mugre, terror.
Se sulfató la esperanza, la luz mínima y lejana que me hacía ser.