19 de enero de 2012

El pasto era tan suave que parecía recién segado. Ninguna criatura impura había posado sus desnudos pies por aquellos campos, y aquellos, los más impuros, siquiera se atrevían a pasar por encima, impulsados por sus alas, por la verguenza apilada en el fondo de sus sosegadas ánimas.
Una sombra se alzó en el cielo virgen. Nubes pesadas de nieve y miedo y frío invadieron las colinas.
Por un tiempo largo las plantas se preguntaron si volvería a salir Ella, la Gran Estrella y las salvaría de semejante designio. Esperaron. Marchitaron, presas de los hielos crueles, sin tregua. Vinieron las aguas. Mares infinitos, uniformes, barrieron toda la vida de aquellos bellos campos.
Desde acá, de las Grandes Yermos del Borde del Mundo se sigue escuchando el frote de las begonias con el viento, cómo la tierra hacía el amor libremente con las raíces, sin avergonzarse de dar vida. Todo sigue cubierto de agua sucia, repleta de olvidos y criaturas condenadas a vivir rodeadas de muerte, arriba de lo que fueron flores magníficas, imperiales, y ahora ahogadas y sumidas en el más pavoroso eco de gritos de ayuda, sordos y eternamente hundidos en los fondos del Más Allá del Mundo.